Cosas de la política

Por Jorge Abasolo

Hasta la década de los sesenta, América Latina (Chile incluido) era tierra incógnita para la mayoría de los historiadores foráneos. Así lo sentenciaba Harold Blakemore, el inglés que ya estudiaba este fenómeno, al dar cuenta de los primeros años de los estudios latinoamericanos institucionales en las universidades europeas.

En la enseñanza media de nuestro aporreado país, tal parece que las fechas cuentan más que los hechos;y los héroes suelen ser blindados para impedir mostrarlos tal cual fueron: seres de carne y hueso, con odiosidades y complejos a cuestas.

De allí que el reciente libro “Cosas de la Política”, del dueto conformado por Juan Guillermo Prado y Hugo Zepeda sea bienvenido, pues nos brinda la faceta desconocida, el hecho insólito y hasta más de algún dicharacho proferido por esos próceres que la historia oficial impide bajar del pedestal.

La historia chilena es intensa, bella y hasta encandilante. Son los profesores lo que la hacen tediosa y uniforme.
Prado y Zepeda ponen el dedo en la llaga y nos relatan vivencias enjundiosas, de esas que incitan a profundizar en ciertos episodios. Por cierto, el libro no es un panegírico a la historia patria. También incluye hechos que delatan nuestra tendencia irrefrenable hacia la improvisación. Por ejemplo, nos refieren que en el año 1813, la Junta de Gobierno de la naciente República decretó poner en la Plaza de Armas de Santiago un monumento, similar a la pirámide existente en la actual Plaza de Mayo de Buenos Aires, como la primera estatua a la Libertad. La idea era buena y certera, pero…el decreto quedó durmiendo el sueño de los justos, porque el monumento jamás se erigió. Como para encontrarle la razón a ese Presidente cazurro y macuco llamado Ramón Barros Luco cuando sentenció que “en Chile lo único permanente… son los puentes provisorios”.

“Cosas de la política” no da respiro entregándonos episodios tan sabrosos como desconocidos. Buceando en sus páginas nos enteraremos que un guatemalteco fue Director Supremo de este país, al menos por un día; que el chicoco y guerrillero Manuel Rodríguez (medía 1.60 metro) fue nuestro primer ministro de Defensa, que un boliviano fue ministro de Relaciones Exteriores o que O’Higgins alguna vez fue dado de baja en el Ejército.

Respecto a la clase política y su lenguaje emoliente, llama la atención la perorata de Juan Luis Sanfuentes, el primer presidente chileno en admitir que fue electo con una descarada manipulación: “Yo sé que he sido electo con intervención electoral y no me importa. Esta ciudadanía tiene mucho de inconsciente y es necesario dirigirla a palos. Entregar las urnas al rotaje y a la canalla, a las pasiones insanas de los partidos, con el sufragio universal encima, es el suicidio de un gobernante y yo no me voy a suicidar por una quimera. Mi elección ha sido lo mejor que pudo haber hecho Chile, a pesar de no haber sido correcta”. (¡SIC!)

En síntesis, un libro tan intenso como didáctico. Ojalá nuestros profesores enseñaran la historia de una manera similar a este libraco: mixturando lo persuasivo con lo ameno.