Las personas son el fin, no el medio

ESCRIBE: Felipe Martínez
Administrador Público, Psicoeducador y Docente

Hay un asunto demasiado importante que no puede ser marginado con respecto a la solicitud de «liberar a los presos de la revuelta». Y es que aquellos que promueven tal cosa -comprendiendo que es una buena parte de la sociedad chilena- no advierten el frío utilitarismo con el que hacen política.

Primero, porque inapelablemente no se tratan de presos políticos y segundo, porque dichas personas si cometieron ciertos delitos con fines políticos. Es decir, cuando los jóvenes que están siendo procesados por la justicia actualmente, perpetraron tales actos ilícitos, lo hicieron con la premisa en la mente de que era algo importante para la causa. La «revolución» al parecer, requiere de algo tan grave como la comisión delictual con el objeto de otorgar mayor visibilidad o, simplemente porque la causa que se persigue es tan importante que justifica cualquier cosa, hasta extremos inusitados.

Efectivamente ésta distorsión cognitiva es la que se está validando en Chile mediante un grupo de políticos, instituciones (como por ejemplo, la Defensoría de la Niñez), artistas, y muchos más. Se trata de la validación de cualquier medio, aunque éste sea delictual, para obtener un fin.

Éste pensamiento es extremista y peligroso, no sólo porque se abre la puerta para cometer cualquier barbaridad, sino porque se está deshumanizando a las personas, se les priva de su carácter de sujetos de derechos y se les considera como meros mecanismos de agencia política.
La ideología o el fin político, están por sobre la integridad de las personas, según éste pensamiento. No importa si por tal o cual objetivo, se comete un ilícito por el cual probablemente la persona sea procesada o condenada; tampoco importan los perjuicios que sufra la víctima de dicho delito. Ambos son sacrificados en el altar del fin político perseguido. Por ello, los derechos de los residentes de Plaza Baquedano no importan, sólo es relevante la protesta social que allí acontece. Mismo principio aplica para la destrucción del Metro.
Es tiempo de condenar la violencia y además, condenar todo utilitarismo político. Es deber de todo ciudadano desligitimar socialmente a aquellos políticos e instituciones que deshumanizan a los chilenos, y que con frecuencia, les hacen pagar altos costos, tanto para los que vulneran derechos como a quienes son víctimas de dicha vulneración. Porque las personas no son medios políticos, son el fin mismo de la política democrática, la cual, hace tiempo se dejó de ejercer realmente en Chile.