Alejandro Urzúa – Analista económico UNAB y OpenBBK
Cada vez que sube la bencina aparece el mismo argumento: “el Estado se está llenando de plata con el IVA”. Suena bien. Es fácil de entender. Pero está incompleto.
Sí, es cierto: cuando sube el precio de los combustibles, sube la recaudación de IVA.
No porque alguien lo decida, sino porque el IVA es un porcentaje. Si el litro sube, el 19% también. Hasta ahí, correcto.
Pero quedarse en esa parte es como mirar solo una cara de la moneda.
Porque ese mismo shock que encarece la bencina —precio internacional, tipo de cambio, tensiones externas— no solo aumenta la recaudación. También dispara el gasto fiscal. Más presión por ayudas, subsidios, compensaciones. Más demanda por alivio. Más costo político y económico.
Entonces, no es que el Estado “gane” con la crisis. Lo que ocurre es más incómodo:
recauda más, por un lado, pero está gastando más por otro. Y ahí es donde la discusión se vuelve seria.
La propuesta de bajar el IVA a los combustibles puede sonar atractiva —y en lo inmediato alivia—, pero no es gratis. Cada peso que se deja de recaudar es un peso menos para financiar justamente esas ayudas que se exigen cuando suben los precios.
Ese es el trade-off que casi nunca se dice.
Porque en economía no hay magia: si bajas impuestos en medio de una crisis, tienes que ajustar por otro lado. O recortas gasto, o te endeudas más.
Por eso, más que instalar la idea de que aquí hay alguien aprovechándose, la pregunta relevante es otra: ¿cómo repartimos el costo de un shock que viene de afuera?
Porque el problema de fondo no es el IVA. El problema es que somos altamente dependientes de factores que no controlamos. Y cuando eso pasa, alguien paga.
La diferencia es si lo hacemos de forma transparente… o con slogans que suenan bien, pero explican poco.